EL Hoyo del Viento

Por el Presbítero Romualdo Cuervo R. (1866)

El Hoyo del Viento queda a cuatro horas de Vélez, entre los pueblos de Chipatá, La Paz y Aguada.

Esta sorprendente maravilla consiste en una profundidad hecha por la naturaleza, sin que la mano del hombre haya concurrido en lo más mínimo a su formación. Sus paredes, formadas de fuertes rocas, ofrecen un punto de vista admirable. Casi todas son perpendiculares; pero en uno que otro punto hay prominencias, coronadas de ar­bustos, paja y musgo. El contorno de la boca está casi todo cubierto de arbustos de distinto tamaño.

El viajero que visita esta extraña mansión de las guaca­mayas, los pericos y las torcazas, llega por primera vez a la parte más alta, y desde el borde descubre el centro cubierto al parecer de arbustos, los cuales se hallan a una distancia de 228 varas. Queda por algunos momentos co­mo estático, y hiélasele la sangre al ver que una caída le daría muerte instantánea y horrorosa.

La figura presenta un polígono irregular de 12 lados, con un diámetro de 170 varas, medido desde los ángulos más salientes.

Parece a primera vista que tirando una pequeña pie­dra, se alcanzaría a tocar la muralla opuesta; pero ape­nas recorre ésta un corto espacio, se viene como hacia los pies del que la arroja. Los voladores ordinarios, arro­jados al tiempo de prenderles fuego, no recorren la mitad del descenso sin acabarse.

La profundidad va en plano inclinado, del poniente al sur, y la parte más baja mide 144 varas.

La roca que forma la muralla está dividida en bancos sobrepuestos bien visibles; y la piedra de la superficie es muy dura, de color de ceniza; mientras que la del centro es más blanda y de diversos colores. He ahí lo que se distingue desde lo alto. Descendamos al fondo, a descri­bir su suelo, de que nadie nos ha dado razón alguna.

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En julio de 1851, el señor Aimé Bergeron formó el proyecto de visitar este punto y de bajar al fondo de él. Para esto mandó hacer un aparato de madera, que figu­raba una mesa vuelta al revés, sostenida por dos fuertes arcos de hierro, un cable y una garrucha, todo de mucha seguridad y capaz de contener a varias personas.

El 22 de julio visitamos el Hoyo, saludándolo con va­rios voladores. El 25 se acabó de arreglar el aparato, en que debía descender el naturalista granadino; porque el francés amaneció indispuesto y sin resolución de empren­der tan horroroso viaje al interior de ese antro, que en todos tiempos ha helado la sangre al más valiente de cuan­tos han visitado aquel punto.

Al fin, a las 11 y 10 minutos, hora en que el termó­metro de Reamur marcaba 18 grados, entré en una pe­queña barquilla, menos pesada que el otro complicado aparato. Acababa de llegar el doctor Cerbeleón Pinzón, y mucha gente coronaba los puntos de vista. Bergeron dio su cartera y Pinzón la pluma de metal con que es­cribió sus obras, para consagrarlas con el aire de aquella tierra desconocida.

El relato del Presbítero Romualdo Cuervo corresponde al año de 1866, el video del capitan Francisco Forero es delaño 2014

Habiendo saludado a todos, y dada la voz convenida, empezó la barquilla a bajar suavemente hasta una ceja de la muralla, en donde salté a tierra, para cortar algu­nos arbustos que impedían el libre descenso. Volví a en­trar, hice con una pequeña bandera la señal convenida, y volvió la barquilla a descender gradualmente.

De allí en adelante la barquilla queda separada de la muralla, por la concavidad que hay, y entonces es cuando se enfría la sangre al verse uno ya lejos de la altura, tan distante del suelo, y sin otro apoyo que la barquilla. Confieso que sí es preciso tener mucha firmeza para hacer este aéreo viaje.

Como la barquilla daba pausadamente algunas vueltas, pude observar la concavidad con exactitud, y noté en algunos puntos la roca cortada oblicuamente por vetas delgadas de cuarzo.

Cuando la barquilla igualó con la copa del árbol más alto, dirigí la vista al fondo, creyendo que estaba ya casi en el suelo: ¡pero, cuanta fue mi admiración, al ver que faltaban más de 30 varas, y que fueran tan altos los árboles que poco antes observábamos desde la altura como enanos arbustos!

Después de unas 40 varas más de descenso, llegué a pisar atrevidamente el suelo de aquella horrible maravi­lla, y allí es donde se conoce la sublimidad y grandeza que la adornan; allí el viajero, elevando su vista a los excelsos bordes, se queda estático al ver en lo alto a los espectadores, que parecen pequeños niños; allí es donde se forma idea del poder y magnificencia del Supremo Artífice que hizo tan grandiosa obra, tan llena de subli­midad y hermosura, cercada de la soledad más solemne.

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Habiendo saltado a tierra, dí gracias al Ser Supremo, porque me había concedido el contemplar lo que deseaba hacía tanto. En seguida saludé la cueva con tres tiros de una gruesa pistola. Cada estallido sonaba como el trueno de un cañón, y la muralla parecía venirse abajo.

En seguida despaché el correo, con la noticia de haber llegado felizmente, e invitando al señor Bergeron y a los demás, para que alguno descendiera y presenciara lo que nadie había conocido hasta entonces; pero el miedo en la boca del hoyo estaba a mucha más altura que a la que ellos estaban de la profundidad; la prueba fue que ninguno bajó. El correo subió y bajó por la delgada cuer­da.

En esto oí voces en la altura, que decían: ¡salga a donde lo veamos! y me dirigí al subterráneo que queda hacia el poniente. Desde la altura se ve allí un punto sin vegetación, llamado la Plazuela, que desde arriba parece a nivel y es el que causa más pavorosa impresión: es un plano tan inclinado, que para bajar, se necesita muchas veces el apoyo de las manos. En ese punto está la puerta del subterráneo, formada por un arco mal trazado de unas 30 varas de altura y 40 de ancho, que van disminuyendo gradualmente.

Habiendo caminado unas 40 varas debajo de la roca, vi que el piso tiene menos inclinación y no hay tanta piedra. Encendí la bujía en un farol de seguridad, porque empezaba a faltar la luz natural; y al brillar la luz, se oyó la desagradable música de miles de aves nocturnas, tan grandes como un gavilán, color carmelito, con pintas blancas. Aquellos animales, en Chaparral se llaman guapacoes y existen en la cueva de Tuluni; en Vélez los llaman chilladores, y también los he visto bajo del Puente de Pandi.

Desde este punto se marcha sobre piedras y nidos de chilladores, formados de barro y del estiércol de las mis­mas aves. Los nidos tienen una figura circular, un poco cóncava, y a su lado están amontonadas las pepas de fru­tas que traen de las tierras calientes, entre las cuales hay semillas de palmas que he visto en Carare y San Martín.

Adelantando unas 20 varas más, me sorprendió el rui­do de una fuente cercana, y a poco vi que nacía otra bajo unas piedras; luego una tercera, que reunidas for­maban mayor ruido.

Continuando a la izquierda por sobre piedras, llegué a un punto en que cesaba el ruido de las aguas; lo que me hizo comprender que estaba en un gran depósito, ex­tendido del uno al otro lado del subterráneo.

Era forzoso terminar el examen: a la escasa luz del farol, advertí que el techo de la roca terminaba gradual­mente, hasta servir de depósito al gran caudal de agua. El punto por donde esta se dirige al oriente, debe ser muy estrecho, porque desde el gran pozo hasta cerca de la entrada está el rastro de una fuerte torrentera.

El techo del subterráneo no es igual; hay puntos más altos que otros, y la anchura se va angostando hasta lle­gar como a 12 varas en la parte última.

La dirección que lleva el agua es hacia el sur; luego forma una curva y sale por el oriente.

Salí del pavoroso subterráneo, con un calor de 22° Reamur. Desgraciadamente se había roto el termómetro en mi descenso, y no pude medir los grados de calor; pero yo sudaba como en Tocaima.

Empezando el examen por la derecha, no hallé en tierra ni bajo los alares de la muralla, la más mínima indicación de que los indígenas hubiesen pisado aquel suelo: sólo hallé los esqueletos de un armadillo y de un perro, que sin duda habían caído de lo alto; tampoco hallé reptil alguno.

Di la vuelta cruzando el diámetro, para examinar mejor el terreno, no sin dificultad, por lo cerrado del bar­becho. El monte se compone de arbustos, chamiza y grandes árboles, de los cuales algunos tienen tres varas de circunferencia en el tronco, otros dos, otros una, y como cerca de 40 varas de altura. Esta altura es precisa; porque mientras más sombra tienen, más se elevan: son de tierra caliente, y han nacido necesariamente de semillas soltadas allí por los chilladores. También hay como tres palmeros, aunque no muy interesantes. La superficie del suelo es muy inclinada, de oriente a poniente, y casi toda cubierta de piedras más o menos grandes.

Terminado así mi examen como en hora y media, fuera de los tres cuartos de hora de descenso, me despedí de aquella pacífica mansión con tres pistoletazos, según la orden del señor Bergeron, recibida por el último correo.

Me acomodé nuevamente en la barquilla, y dada la voz convenida, empecé a subir gradualmente, hasta igualar con la copa del árbol más alto. Luego comenzó la barquilla a dar ligeras vueltas, que me produjeron un gran mareo, aumentándose así el horror que causa el aislamiento; pero a pocos momentos se aquietó la barquilla, y seguí felizmente.

Al salir al borde del hoyo, media hora después de empezar el ascenso, toda la gente se apiñó a verme; y al salir, me abrazaban los unos, otros me estrechaban la mano, y todos escuchaban con atención y con alegría la relación de lo que había visto.

Museo de cuadros de costumbres, tomo III
 
Descripción:Publicación colombiana del siglo XIX que presenta escritos costumbristas de diferentes autores